Ojo clínico

23 septiembre 2008

Obi-wan dice: me han dado últimamente unas ganas ubérrimas, políticas de leer novela negra. He pasado el verano enfrascado en las andanzas del cabezota gascón Jean-Baptiste Adamsberg, del atormentado ex-policía y casi ángel Charlie “Bird” Parker, del sueco sobrepasado por el mundo que cambia Kurt Wallander y del campechano teniente Kostas Jaritos. Cada uno tiene su forma de ser, cada uno su forma de encarar los misterios, cada uno su vida privada tan fascinante o más que la profesional. Y tienen, además, parecido con nosotros.

Fanis, el yerno cardiólogo de Jaritos, le dice en El accionista mayoritario (Tusquets):

“…una investigación policial se parece un poco a un diagnóstico médico. Empiezas buscando por lo más evidente. Para la medicina, lo evidente son las enfermedades más comunes. para la policía son los enemigos de la víctima, las relaciones sospechosas, los movimientos poco habituales… Primero descartamos todo esto y después seguimos adelante”.

Pero no sólo es el método lo que en ocasiones nos hermana con los detectives. Establecen los hechos (síntomas, signos), buscan pruebas objetivas (pruebas complementarias), establecen posibles hipótesis (diagnóstico diferencial). A veces estos pasos rutinarios pueden ser suficientes para establecer un diagnóstico, una solución. Pero en el mundo de los detectives de fantasía hay una virtud más. Allá donde nadie es capaz de encontrar respuestas, ellos descubren relaciones entre cosas aparentemente independientes, un comentario sin importancia se convierte en la pieza que faltaba, un clic salta en su cerebro y les orienta hacia la verdad. Nosotros llamamos a eso ojo clínico.

¿De qué está hecho el ojo clínico? Como les ocurre a los detectives, no es un don divino. Probablemete unas gotas de capacidad de observación y de memoria no vayan mal, pero el que no las tiene de propio se las puede trabajar. Con ellas seremos capaces de utilizar esos datos que los clínicos antiguos valoraban y nosotros tendemos a despreciar a cambio de rutilantes técnicas complementarias. El olor dulzón de una cetoacidosis o el petroleado de unas melenas, la piel malsanamente oscura del nefrópata, la mirada perdida del depresivo o la desconfiada del chico en el que brota la esquizofrenia, el desorden indumentario del demente, los hombros caídos del heroinómano. Sensaciones que han pasado una vez por nosotros y ha valido para quedarse. Cuando vuelven a presentarse, despiertan el recuerdo adormilado. Así se aclarará el caso del paciente con frío y miedo, que resulta que ha abandonado bruscamente el tramadol y lo que tiene es el mono. O el de la anciana que vive sola y avisa a domicilio por malestar indefinido, a la que delata el olor de las melenas. O el del eritema en las plantas de los pies de dos adolescentes que al final confiesan que han aparecido tras caminar por el suelo abrasado por el sol junto a la piscina.

Pero eso no es suficiente. El ojo clínico es más agudo cuanto más preparado está, cuanto más sabe. Por eso a Adamsberg le viene tan bien tener a su lado a Danglard, el hombre de saber enciclopédico al que puede pedir ayuda cuando su lógica privada necesita el apoyo del conocimiento. Adamsberg no podría resolver sus casos sólo con su capacidad de observación y su personal manera de pensar. Danglard no podría hacerlo sólo con su dominio del arte y la historia.

Otra de las cosas que favorece el desarrollo y el acierto de nuestro ojo clínico es, sin duda, la experiencia. Cuantas más cosas nos hayan pasado, más preparados estaremos para reconocerlas cuando vuelvan. Kurt Wallander y Kostas Jaritos son dos veteranos de los extremos de Europa (Suecia y Grecia) que las han visto de todos los colores. Desde una comisaría sin medios en el campo sueco a las sesiones de tortura de la dictadura de los coroneles. Pocas cosas les son ya ajenas. Sin embargo, y esta es otra característica del buen ojo clínico, siguen siendo capaces de sorprenderse y de enfrentarse a los problemas como la primera vez. En el fondo piensan que hay solución.

También es conveniente, una vez que nuestro ojo clínico nos ha alertado, tener la capacidad de actuar en consecuencia. De nada vale saber si en cada encrucijada la duda nos inmoviliza. Así Charlie Parker y sus custodios Angel y Louis llevan sus convicciones y su ética particular hasta el final, por difícil que sea el camino. Tampoco nos vendría mal a veces un poco de protección sobrenatural.

Así pues, Padawan, estudio, método, observación, memoria, experiencia, ilusión, determinación. Sencillo, ¿no? Será necesaria también la fuerza.

Padawan: El ojo clínico, ese gran desconocido para el residente de 1º año, que acaba de aterrizar en el hospital y que oye hablar de él a otros Obiwan, pero que no lo alcanza a palpar, no lo ve, por lo que se irrita enormemente. Hablar de una cosa sin tocarla no nos gusta, nos han enseñado toda la vida a demostrar las cosas con pruebas irrefutables y de forma categórica, porque así nos sentimos más cómodos, más tranquilos.

A medida que van pasando los años, van cayendo toda una serie de dogmas que te habían inculcado desde el primer dia, como que en la medicina dos mas dos no son cuatro, que lo que hoy es cierto mañana pasa a ser falso porque ha salido un nuevo estudio que dice lo contrario….nos sentimos mejor con cosas demostrables ( esta seria por culpa de nuestra mitad más científica ), pero es que en la medicina se encuentra otra mitad más artística, que seria lo que llamamos el Ojo Clínico.

Lógicamente uno debe estudiar, razonar, meditar…para realizar una buena práctica médica, pero hay médicos que poseen ese “don”, ese “savoir faire”, para realizar diagnósticos rápidos y certeros, y esa parte corresponderia a lo que llamamos el ojo clínico. Unos lo tienen más que otros, con el tiempo cada uno lo va desarrollando a su manera, es una mezcla de estudio, meditación, razonamiento, percepciones, impresiones…..que al final hacen que emitamos juicios diagnósticos.

Eso sí, como todo en la vida, en su justa medida sin llevar las cosas a extremismos o creerse House….

Que la fuerza nos acompañe!!!!


El médico enfermo

5 septiembre 2008

Obi-wan dice: siempre he sido un lector voraz, pero no me había preguntado por qué hasta que hace unos años leí a Harold Bloom y su Cómo leer y por qué (Anagrama). Da variadas razones para leer (buscar la sabiduría o el placer, deshacernos de la soledad, conocer lugares y gentes que nunca estarán a nuestro alcance…) y cada uno puede encontarar la suya. Pero lo más interesante es lo que niega: leer no nos hace mejores personas. Puede hacernos más cultos, más cosmopolitas, pero no puede hacer que seamos más buenos. Lo dice con más gracia Luisgé Martín aquí.

Viene esto a cuento de una entrevista a un psiquiatra norteamericano que encuentro gracias a MedFam. La hija del Dr. Klitzman murió en la Torres Gemelas el 11-S. Ni siquiera encontraron el cuerpo. Tras el funeral, lo que parecía una gripe resultó ser una depresión. El Dr. Klitzman se vió de pronto al otro lado del diván. Tras superar la enfermedad publicó un libro en el que cuenta su experiencia y la de otros 70 médicos que sufrieron el paso de médico a enfermo. En la entrevista citada, hace un resumen de las ideas principales del libro. El médico enfermo, según Klitzman, toma conciencia de la importancia y severidad de los síntomas de las enfermedades. Percibe la existencia de fallos en el sistema y lo mucho que pueden influir en el ánimo del paciente la tardanza en una cita o un fallo en la tele de la habitación del hospital. Hasta aquí, de acuerdo. Probablemente uno no sabe de qué se habla cuando se habla del dolor de un cólico nefrítico hasta que lo ha padecido. Ni sabe lo rápido que se detecta que el médico se acaba de desentender del problema y sólo busca la manera de terminar la consulta hasta que no está sentado en la silla del paciente contando sus síntomas.

Mi desacuerdo llega con el resto de las conclusiones de Klitzman sobre el médico enfermo. Éste va a ser a partir de ahora más proclive a intentar comprender a sus pacientes, va a ver acrecentada su espiritualidad y va a ser capaz de sentarse en la cabecera del paciente para favorecer la interacción y de disculparse si le ha hecho esperar mucho rato… Toma ya. Basura bienpensante.

No es cierto. El médico enfermo va a conocer todas las incomodidades del paciente. Va a tener que tragar con las listas de espera y con las enfermeras generalas. Con las consultas por cumplir. Va a ser mirado por sus colegas con la incredulidad cariñosa con que se miran los errores de un niño. Al fin y al cabo ha fallado al sagrado mandamiento médico que impide que los médicos enfermen (Las “Magic White Coats” son otro acierto de Klitzman). Pero no va a ser mejor médico. Si antes de su enfermedad no era capaz de acercarse a los pacientes y no sabía que su sufrimiento estaba fuera de su entendimiento, pero no la posibilidad de sentarse en su cabecera, darle la mano o simplemente escucharle para al menos aliviarle con el poderoso analgésico de la humanidad… ese médico no era bueno cuando estaba sano y no lo va a ser ahora. Esas cosas o se traen de serie o se las trabaja uno, pero no se aparecen tras caernos del caballo de la propia salud.

Que la fuerza nos acompañe.